Sobre un becario de Hangar

Un texto de Adrián Pino

Hace justamente tres meses acababa de llegar a este sitio llamado Hangar, un lugar que ya conocía porque había hecho varias sesiones de fotos con mi grupo (última promoción: Nakadaska), pero en el que entraba con otra condición: la de becario. Becario. Esa palabra que parece estigmatizada nada más pronunciarla, denominación de todos aquellos seres dedicados a hacer fotocopias, traer cafés y recibir gritos. Eso dice al menos la leyenda negra del becario. Hay muchos que han perecido y no han vivido para contarlo. Podréis encontrarlos como zombies hablando con fotocopiadoras, las únicas que han logrado entenderles. Afortunadamente, no es ese mi caso. No sé si por alguna conjunción de los astros o sencillamente porque esto de llevar gafas despierta en quien te mira un espíritu maternal supraterreno, a mi me han tratado excelentemente bien. En estos instantes, soy muy consciente de que el adjetivo “pelota” está en la conciencia de todos y cada uno de los que estén leyendo esto, pero recordad una cosa: ¡no he cobrado nada! Con lo cual, de esto se debe deducir que si me he decidido a escribir este último post es porque de veras sé que todo lo que digo lo siento.

Y lo primero que siento es que aquí he aprendido. Y he aprendido varias cosas. Lo primero de todo: si vienes a Hangar en invierno, ¡traéte una chaqueta por el amor de Cristo!, porque pega un frío considerable. Por suerte, las personas que aquí trabajan te dan su afecto y su calor… Vale, estoy sobrepasando el límite de lo ñoño, tampoco hace falta convertir este texto en una novela de estas románticas que se venden por fascículos a 2 euros. Lo que de veras he aprendido es que si en la vida tienes un proyecto y crees en él, lucha por ello. Y tu, que me estás leyendo, dirás: ¿y eso no lo sabías antes, muchacho? Pues sí, es algo que te dicen en catequesis, pero no ha sido hasta llegar a Hangar que me he dado cuenta de que verdaderamente hay personas que han hecho de esa cita su meta vital: Minipimer, Befaco, Dorkbot, Genderhacker… Todos ellos han creído en una idea, han montado un dispositivo para explotarla y, aunque a veces la cosa se les haya complicado y les hayan recortado por todas partes, no se han detenido, al contrario, han puesto más esfuerzo si cabe. Además, de esta lección de vida, a ellos les debo agradecer también una lección de léxico: me voy de este centro con nuevas palabras en mi vocabulario que es muy posible que no vuelva a usar en mi vida, aunque bueno, siempre queda más cool que en vez de decir que te gusta compartir, eres open source.

Coolismos a parte, una cosa que me ha sorprendido de este lugar llamado Hangar es su profunda humanidad. Cuando llegué aquí pensé que me iba a encontrar con sargentos de la milicia lituana provistos de latigos con los que me obligarían a tecletear infinitamente en el ordenador hasta que mis dedos sangraran. Pero no. He dado con un grupo de personas totalmente normales, que se cuentan las peripecias del fin de semana, se ríen con chistes malos y no pueden resistir la tentación de picar algo entre horas. He de confesar en este instante que temía comerme una manzana por si me expulsaban de inmediato, pero finalmente me he podido comer la manzana en cuestión, también peras y hasta un día, atención becarios del mundo envidiadme todos, ¡UN DÍA ME OFRECIERON PALOMITAS! Obviamente, sé que quizás no os lo créeis, pero guardé una palomita en casa como prueba de que aquello no fue un espejismo. Supongo que esta historia de las palomitas os ha hecho entender que lo que aquí he vivido dista de darle la razón a la leyenda negra del becario. Digamos que yo he vivido una leyenda blanca, blanca como las paredes de Hangar que han sido el cobijo de mis sueños…. ¡ya vuelvo a ser ñoño! Perdón. Lo que quería decir es que en esta casa (porque así me lo han hecho sentir) he podido ver lo que más gusta: Arte. Arte de distintas formas, Arte con el nombre de distintas personas. Todos ellos empeñados en demostrar que existe una forma distinta de ver el mundo.

Quizás ese sea el mejor aprendizaje que me ha dado Hangar: que el mundo se puede ver de otra forma. Que experimentar con el mundo es algo divertido y te permite descubrir cosas nuevas. Sobre el entorno, sobre quienes te rodean. Sobre ti mismo. Y lo último que Hangar me ha enseñado es que sé que un día me gustaría tener esto. Un lugar en el que ver el mundo desde otra perspectiva. Rodeado de personas que me hagan sentir que formo parte de sus vidas. Que no soy solo un becario. Y después de este apunte final lagrimoso en el que definitivamente  he hecho saltar por los aires el emocionómetro, llega la ronda de agradecimientos:

– a Tere Badia, por dejarme una grapadora con la que sellé un importante documento y por firmar el convenio que permitió estar aquí y escribir todo lo que he escrito,

– a Sergi Botella, por tener la capacidad de demostrarme que capturar una cinta de vídeo no es un reto solo reservado a Jasón y los Argonautas y porque hemos compartido espacio y horas muchas tardes,

– a Rocío Campaña, por saludarme y despedirse de mi cada día con el mismo entusiasmo y por reservarme la sala en la que pude actuar con mi grupo durante les Sessions Polivalents,

– a Clara Piazuelo, por darme un par de besos después de varios días sin vernos y por darme consejos para mejorar mis entrevistas,

– a Joana Cervià, por preguntarme si mi nombre acababa o no en “n” y por darme un trozo de chocolate 80% de cacao,

– a Álex Posada, por hacer que la robótica me parezca algo fascinante y porque cuando ahora veo un dork tenga ganas de hacerle una entrevista,

– a Núria Marqués, por pedirme que cogiera las llamadas en su ausencia y permitir que así cumpliera uno de mis sueños: decir eso de “Hangar, buenas tardes, ¿dígame?”,

– a Gloria Martí, porque aunque solo nos hemos visto 1 día se ha interesado por saber lo que hacía y me ha animado a seguir haciéndolo,

– a Miguel Ángel de Heras, porque cuando estaba sumido en la oscuridad del nuevo laboratorio encendió la luz y le ahorró a mi madre un dinero en nuevas gafas,

– a Laila Agzaou, por sonreír a pesar de preguntarle 45 veces donde estaba Marta cuando Marta no estaba, y, espero que me lo permitáis todos,

– a Marta Gracia, porque (aviso que me voy a pasar todos los pueblos de la península y el continente): ¡es la mejor tutora de prácticas que un becario se pueda imaginar! Fue ella quien me dio las palomitas, y eso, no se olvida nunca. Como tampoco se olvida que una persona te escuche y te resuelva dudas, confíe en ti para terminar un proyecto que estaba pendiente, se interese por saber más sobre lo que haces en tu vida.

Gracias también a los responsables de los proyectos residentes, a los artistas que organizaron les Sessions Polivalents, a todas y cada una de las personas que en algún momento a lo largo de estos 3 meses se han interesado por el chico de las gafas que escribía en el blog de Hangar. A ese chico le quedan 3 telediarios en esta casa. Afortundamente, y a diferencia de lo que ves si pones el 3/24, aquí todos los informativos han tenido noticias buenas.

Espero que podamos volver a vernos. Hasta entonces: gracias.

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